El gallo de oro: la suerte aciaga de Dionisio Pinzón


Juan Rulfo nació en 1917 en Apulco, fue inscrito en Sayula Jalisco, y murió en 1986 en la Ciudad de México. Es autor de tres libros publicados cuya brevedad no es suficiente. No. Es desbordante. Sus novelas Pedro Páramo (1955) y El gallo de oro (1980), así como su recopilación de cuentos en El llano en llamas (1953), lo posicionaron como uno de los escritores hispanoamericanos más importantes de todos los tiempos. Y es que tan pocas páginas únicamente pueden generar tal impacto cuando, como afirma Arreola, cada una se sostiene erguida sobre su propio filo. Sin duda, la poética de un artista responde a un proyecto personal de creación y estructuración que se encuentra en consonancia con su manera particular de concebir la literatura y, en ese sentido, el estilo de Rulfo resulta de tal manera cuidadoso y auténtico, que solo le fue posible escribir lo estrictamente necesario.
            Como ocurre con la literatura en general, el mundo literario de Rulfo está relacionado con la realidad, con la historia de su vida y de su patria, con el mundo campesino, sus leyendas fantásticas, con el amor y la muerte. No obstante, el acercamiento a su obra desde esta perspectiva debe ocurrir con cautela, pues como bien menciona Jorge Volpi, “el estatuto que en reiteradas ocasiones se le ha otorgado a Pedro Páramo como la mejor novela mexicana del siglo XX o la novela mexicana por excelencia, ha llegado a eclipsar su modernidad y rigor universal”. Para Rulfo, la literatura tiene que ver con la realidad porque surge de una “verdad aparente”, de una visión específica de la realidad que, sin embargo, no deja de ser subjetiva. Es decir, la literatura es producto de la imaginación y aquello que se manifiesta en ella no es la realidad misma, sino una invención que parte de una determinada percepción de aquello que recrea.
            El gallo de oro es un buen ejemplo del universo literario creado por Rulfo y su poética de la carencia. En dicha obra, la vida rural es lo que esencialmente constituye el universo narrado y su naturaleza ambivalente: se retrata desde la marginación, la pobreza y la violencia hasta el folclore de los pueblos y su alegría festiva. Por supuesto, la descripción de los espacios no es arbitraria ni ornamental, sino que cumple con una función simbólica en correspondencia con la interioridad de los personajes: la desolación anímica se reconoce en un paisaje igualmente desolado o fricciona con un ambiente alegre para enfatizar la desolación y generar situaciones grotescas, como ocurre cuando Dionisio Pinzón transporta el cadáver de su madre. Las narraciones de Rulfo se construyen imágenes cuyo referente es la realidad ambiental de sus personajes, pero que poseen significaciones mucho más profundas relacionadas con el dolor humano, de tal modo que lo regional no sea un fin en sí mismo, sino un medio para expresar situaciones universales relacionadas con la condición humana.
Dionisio Pinzón, personaje que encarna el dolor y la miseria, desempeña el único oficio del que es capaz al estar impedido de un brazo: pregonar por las calles “desde temprana hora hasta muy entrada la noche, hasta sentir que su pregón se confunde con el ladrido de los perros”. San Miguel de los Milagros parece, por su parte, irónicamente ajeno a los sucesos extraordinarios y maravillosos, tanto que, cuando llegan las fiestas concurridas, “a milagro de no se sabe quién”, nuestro protagonista asciende de pregonero a gritón de palenque, lo que no significa otra cosa que la continuidad de su condena aun cuando se relacione con personajes que manejan grandes cantidades de dinero y se apropie del gallo moribundo, el gallo de oro, en un abrazo lleno de cuidado y ternura que recuerda un instante de Nos han dado la tierra: el aferrarse hasta al más tenue atisbo de vida y de esperanza, aferrarse para tener algo donde depositar la fe.
            Si bien Dionisio Pinzón logra dejar atrás la pobreza, es claro que su actuar se verá siempre marcado por una sensación de insatisfacción, de alerta y por el ansia de poseer. Así ocurre cuando convierte a la Caponera en su talismán. Ella:
…acostumbrada a la libertad y al ambiente abierto de las ferias, se sentía abatida en la desolación de aquella casa inmensa y languidecía de postración […], cascada su voz, muertas sus fuerzas, no le quedaba más que obedecer a una voluntad ajena y olvidarse de su propia existencia.
Este libro, como la obra de Rulfo en general, responde a las auto-exigencias de su autor y a la fidelidad que profesa a su propia visión sobre la literatura, al por qué, cómo y para qué escribir. Rulfo relata historias porque encuentra la necesidad de contar algo. El realismo y la fantasía conceden un trabajo cuidadoso a la construcción de personajes inmersos en sus circunstancias, espacios complejos y simbólicos y un lenguaje popular estilizado donde lo prosaico se torna poético, todo esto en un afán de mostrar una vivencia existencial que traspasa cualquier tipo de frontera.

Por: Elizabeth Gutiérrez

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