"Las muertas" de Jorge Ibargüengoitia: De la realidad a la imprenta
“-¡Viva México, viva
la Independencia Nacional,
vivan los Héroes que
nos dieron libertad, vivan las
hermanas Baladro,
viva el Casino del Danzón!”
(Ibargüengoitia,
2016, pág. 61)
La literatura, siguiendo
la línea mental que Aristóteles abrió, es la creación mimética de la realidad
flotando en torno a la ficcionalización. El placer estético, el reflejo humano
de sí mismo frente al arte y la catarsis tienen lugar cuando el lector se
acerca a una realidad creada que abre el camino sucesos que podrían sucederle
de forma más o menos posible. El sujeto llega a apropiarse del arte y, como
afirma la Teoría de la recepción, lleva
a cabo el propósito de la literatura: la interpretación misma.
Jorge Ibargüengoitia (Guanajuato,
1928 – Madrid 1983) es un claro ejemplo de la capacidad de un autor literario
para enfocar el contexto social, histórico y cultural que lo rodea hacia fines
artísticos. Explota, pues, el caso real de “Las Poquianchis”: las cuatro
hermanas González Valenzuela quienes fueron un grupo de asesinas mexicanas que
cometieron crímenes durante dos décadas, desde 1945. Además de los múltiples
cargos de homicidios con las que fueron juzgadas, tenían en su registro
criminal lenocinio, tráfico de personas, privación ilegal de la libertad,
aborto, inhumación ilegal de restos humanos, corrupción de menores, soborno,
crimen organizado. Cayeron en 1964 cuando Catalina Ortega, una de las últimas
muchachas en entrar a alguno de los múltiples burdeles que las Poquianchis
poseían, logró escapar y denunciarlas.
Así es como nace Las muertas, novela mexicana de
Ibargüengoitia publicada en 1977, exponiendo de manera imparcial y bien lograda
uno de los casos más escalofriantes de la nota roja de México. Hay un dejo
irónico en los nombres que llevan las madrotas: Arcángela y Serafina, develan
así la antítesis respecto a sus profesiones y acciones. Posee elementos casi
cómicos, distanciados de lo siniestro que los hechos reales pudieron haber sido,
desechando el horror para hacerlo rozar con lo absurdo. Sin embargo, él dice,
en una entrevista de 1978, que:
Hay gente que se ríe de cosas que no tienen
ningún chiste. En Las muertas, por
ejemplo. [...] Que alguien crea que se puede curar a una persona planchándola
puede ser ridículo, pero la situación no deja de ser terrible, porque están
matando a alguien. Es grotesco, pero no tiene por qué dar risa […]. Hay miles
de cosas grotescas que no son chistosas. (Ibargüengoitia, Entrevista con Jorge Ibargüengoitia, 1978)
En la novela, el
autor comienza con la siguiente sentencia: “Algunos de los acontecimientos que
aquí se narran son reales. Todos los personajes son imaginarios”. Después de
cuarenta años, sigue demostrando la forma magistral en la que el hilo narrativo
oscila entre la realidad y la ficción.
Ibargüengoitia
deshila los sucesos comenzando desde el final, remontando todo hacia atrás
tomando como base las declaraciones hechas por Simón Corona, primer personaje
que aparece para desenmarañar la situación introductoria, y cambia el destino
de Serafina Baladro, sus hermanas y su negocio. Finalmente, él termina siendo
un personaje no tan entrañable como lo son los demás.
La novela mantiene una estructura de
crónica, adornándose con pasajes casi tan burdos que es lo que crea la belleza
estética; que si en la segunda parte del capítulo uno existe una seca
declaración de pregunta – respuesta, donde ésta se encuentra, incluso, marcada
con una R y dos puntos; que si se presentan párrafos
aclaratorios entre paréntesis, donde se describe en un género pericial lo
ocurrido; que si el lector se encuentra con una secuencia repetitiva al momento
de comenzar con las diferentes declaraciones de los personajes; que si el
epílogo es una compilación de elementos que enriquecen, pero no son necesarios,
para la novela, etc. Y, sin embargo, todo esto que podría parecer rústico, se
complementa de una manera muy acorde al propósito de la novela: la información
seca y necesaria sirve para la contextualización de un sinfín de hechos.
El narrador es de muchas voces. Las
confesiones abren la posibilidad de que personajes casi invisibles, y que no
vuelven a aparecer nunca más, existan y revelen un punto clave para la
continuidad de la trama. Gracias a esta pluralidad de intereses, visiones y
clases, Ibargüengoitia se permite satirizar la burocracia, el decoro y la corrupción
mexicana. En la misma entrevista mencionada anteriormente, Ibargüengoitia
explica:
El tema me interesó casi por repulsión: la
historia era horrible, la reacción de la gente era estúpida, lo que dijeron los
periódicos era sublime de tan idiota. Todo esto, que me producía una repulsión
verdaderamente muy fuerte, me pareció muy mexicano. (Ibargüengoitia, Entrevista con Jorge Ibargüengoitia, 1978)
Usa a modo de
salvavidas el imaginario Estado del Plan de Abajo y los personajes que él
inventó y –como él dice en la entrevista- a los que les pasa lo mismo que a las
Poquianchis. El “México Lindo”, nombre del primer burdel que poseían y por el
que ganaron más fama, no es morada de otra cosa sino la doble moralidad de un
país que quiere esconder todos los trapitos sucios debajo de la alfombra.
Por: Patricia Elizabeth Salas Altamirano
Marzo, 2018
Bibliografía
Hinojosa, F. (23 de Septiembre de 2014). Las
Poquianchis. Recuperado el 5 de Abril de 2018, de Algarabía:
http://algarabia.com/del-mes/las-poquianchis/
Ibargüengoitia, J. (3
de Marzo de 1978). Entrevista con Jorge Ibargüengoitia. (A. Asiain, & J.
García Oteyza, Entrevistadores). Publicada en la revista Vuelta en marzo de
1985. Consultada en https://issuu.com/aurelio.asiain/docs/ibarguengoitia el 4
de Abril de 2018.
Ibargüengoitia, J.
(2016). Las muertas. Ciudad de México: Gandhi.
La historia de Las
Poquianchis. (2012). Recuperado el 5 de Abril de 2018, de Marcianosmx: https://marcianosmx.com/historia-las-poquianchis/


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